Tips para cultivar una actitud mindful en la crianza de nuestros hijos

Aprender a cultivar una actitud mindful como padres. Fácil decirlo, difícil hacerlo… reconozcámoslo de una vez: casi imposible. Ni qué decir cuando afrontamos con nuestros hijos esos pequeños grandes conflictos de la vida cotidiana, esos momentos cuando dejamos de ver a nuestros niños como las adorables criaturas que son, para comenzar a verlos como pequeñas “pesadillas” cuyo única misión pareciera ser la de hacernos la vida cuesta arriba. Quien alguna vez en su vida no se haya sentido así, o miente, o bien aún no es madre/padre.

Favorablemente, ese “casi imposible” sólo es un decir. Porque siempre resulta posible cambiar nuestra actitud para enfrentar los momentos más desafiantes de la crianza, como cuando nuestros niños se niegan a comer y arrojan su plato al suelo, o cuando estallan en una rabieta cuando estamos intentando comer tranquilamente en un restaurante, o cuando llega el momento de ir a la cama y debemos perseguirlos por toda la casa para ponerles su pijama.

Por supuesto, ese “cambio de switch” requiere esfuerzo, compromiso y práctica de nuestra parte, ¿pero qué no lo necesita? La semana pasada, compartimos una interesante reflexión de la psicoterapeuta estadounidense Jill Ceder,  que en un artículo publicado por el sitio Parent.co (ver aquí) nos invitaba a cultivar una actitud más consciente y amable en nuestra relación con nuestros hijos… partiendo por supuesto por llevar esa mirada hacia nosotros mismos, como adultos y padres.

En este nuevo post, les compartimos algunos “tips” para tener una actitud mindful en la crianza, siempre desde el supuesto de que no hay “tip” o consejo que sirva si antes no nos proponemos cultivar la atención plena como una práctica de vida. En esto, como en muchas otras cosas de la vida, no existen recetas ni soluciones mágicas.

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Para partir, Jill nos invita a recordar alguna situación reciente en la que nos hayamos sentido molestos o enojados con nuestros hij@s y en la que hayamos reaccionado automáticamente, porque son precisamente en esas situaciones cuando en la mayoría de nosotros aparecen pensamientos, emociones o juicios difíciles. “En momentos estresantes, cuando las emociones difíciles son fácilmente gatilladas, resulta muy difícil mostrar la mejor versión de nosotros mismos. Puedes confiar en que tu hijo encontrará esos detonantes”, advierte la experta.

“Para optar por un cambio de comportamiento, primero debes reconocer aquellos hechos o actitudes que detonan tus emociones más difíciles, como la frustración, la ansiedad o la rabia. Esos detonantes son ciertos momentos del día cuando nos sentimos más vulnerables y menos dispuestos en términos emocionales. Podemos sentirnos estresados, cansados, abrumados o desamparados, o nos sentimos preocupados por el trabajo o por nuestro matrimonio”, agrega.

De acuerdo al artículo, esos detonantes emocionales no son otra cosa que sentimientos o juicios de tu propia infancia, que aparecen cuando tu hijo realiza una acción específica:

1.- Tu hijo se comporta de una manera que choca con tus creencias: por ejemplo, cuando tu hijo tira comida en un restaurante o coge todos los juguetes en una tienda, sin tener la menor intención de soltarlos, lo que te hace sentir avergonzad@ o incómodo.

2.- La actitud de tu hijo puede evocar algún recuerdo y respuesta de infancia: por ejemplo, tu hijo no alcanza el nivel académico que a tu juicio debería tener y sientes que has fallado como padre porque cuando obtuviste una mala calificación en el colegio, tus padres te dijeron que no eras lo suficientemente bueno.

3.- El comportamiento de tu hijo puede evocar en ti estados o eventos traumáticos: por ejemplo, si cuando niño te rompiste el brazo mientras subías un árbol, te asustas cada vez que tu hijo sale a jugar al patio.

4.- El comportamiento de tu hijo activa en ti el temor o el deseo: por ejemplo, si uno de tus niños despierta al otro durante la noche, nadie puede dormir y todos lloran. En esos momentos, puedes llegar a temer que nunca más volverás a tener tiempo para ti y que has perdido completamente al “antiguo yo” que fuiste antes de convertirte en padre.

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Con el fin de recuperar una relativa sensación de control  sobre nuestras emociones, Jill nos advierte que primero debemos ser capaces de reconocer y anticipar qué tipo de situaciones funcionan como “detonantes” de esos sentimientos difíciles y que activan, por lo mismo, respuestas emocionales en ti.

Kristin Race, autora de “Mindful Parenting: Simple and Powerful Solutions for Raising Creative, Engaged, Happy Kids in Today’s Hectic World”, afirma que hay 3 factores claves a considerar al momento de cultivar una actitud mindful en la crianza de nuestros niños.

1.- Date cuenta de tus propios sentimientos cuando estás en una situación conflictiva con tu hijo.

Recuerda, por ejemplo, la más reciente discusión o situación frustrante que viviste con tu hijo. ¿Qué emociones se gatillaron en ti en ese momento? ¿Estabas enojado, avergonzado, frustrado? Intenta observar esas emociones como si fueran olas, que van y vienen. Intenta no luchar o bloquear esas emociones que van apareciendo. Tampoco las juzgues ni rechaces. No te aferres a ellas. No las hagas más grandes de lo que son. Ten presente siempre que tu NO ERES esa emoción que sientes, y tampoco tienes que actuar ante cada emoción que aparece. Practica sólo el estar ahí, plenamente presente. Recuérdate permanentemente que no necesitas culparte a ti mismo o a tu hijo por lo que ha sucedido.

Luego, intenta ver esa misma situación conflictiva con “ojos de niño”. Si no puedes ver la “cara amable” de tu hijo en medio de un momento difícil, como una discusión, intenta pensar en esa vez que te sentiste conectado con tu hijo y respondiste con amabilidad. Intenta recordar esa versión de tu hijo cuando te sientas estresado.

A lo largo del día, has un esfuerzo para notar cuando comienzas a sentirte ansioso o molesto por algo. Esa puede ser la señal de que se están disparando tus hábitos o patrones habituales de respuesta emocional ante situaciones estresantes. Una vez que has descubierto esos “disparadores”, puedes dar el siguiente paso:

2.- Aprende a hacer una pausa antes de reaccionar con rabia.

En la práctica mindfulness, lo más desafiante e importante es aprender a encontrar ese espacio de calma en los momentos más difíciles, por ejemplo, en medio de una acalorada discusión.  Por eso, practicamos el encontrar ese espacio de calma y tranquilidad mediante llevar nuestra atención a la respiración o a las sensaciones corporales, porque las emociones se muestran a sí mismas como cambios en nuestro cuerpo o en nuestra respiración. Cuando nos detenemos y enfocamos en nuestro cuerpo o respiración, se produce un cambio sicológico que reduce nuestros impulsos a responder de manera reactiva y aumenta nuestra capacidad para actuar de manera reflexiva.

“Todo esto nos permite cultivar una mente más calma, donde puedes encontrar el espacio para sentarte con la emoción. Cuando somos capaces de pausar, podemos experimentar las emociones como sensaciones en nuestro cuerpo, sin alimentarlas. En ese espacio, podemos recordarnos a nosotros mismos respirar y traer nuestros pensamientos de regreso al momento presente, para luego optar por responder cómo queremos y no reaccionar porque estamos fuera de control”.

3.- Escucha atentamente el punto de vista de tu hij@, incluso cuando estés en desacuerdo con él/ella

No olvides nunca: ¡tu hij@ va a actuar como niñ@! Eso significa que no siempre será capaz de manejar sus emociones. De hecho, los niños están aprendiendo cómo regularse emocionalmente (así como también lo seguimos haciendo la mayoría de los adultos) y tienen prioridades distintas a las tuyas. Su comportamiento a veces “disparará” tus emociones difíciles, y eso es absolutamente normal.

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El problema se presenta cuando los adultos también comienzan a actuar como niños. En cambio, si podemos permanecer conscientes -es decir, notar nuestras emociones y dejarlas pasar sin actuar sobre ellas- modelamos la regulación emocional y nuestros hijos aprenden al mirarnos.

Aprender a hacer una pausa antes de responder requiere práctica y nuestra capacidad de controlar nuestras emociones cambia, dependiendo de lo que está pasando cada día. Es por eso que el autocuidado es tan importante. No podemos dar todo de nosotros mismos cada día, sin tomarnos nunca el tiempo de volver a “llenarnos” o nutrirnos a nosotros mismos. Muchos padres se sienten culpables por cuidar de sus propias necesidades. Eso no es egoísta, es necesario. Debes aprender a hacer de ti mismo una prioridad, porque cuanto mejor te sientas, mejor serás capaz de manejar las frustraciones que surjan.

Es importante aprender a ayudarte a ti mismo y satisfacer tus necesidades emocionales. Ejemplos de autocuidado pueden ir desde encerrarte en el baño por un momento cuando sientas que alguna discusión con tus hijos te sobrepasa, como también tomarte unos minutos para realizar respiraciones profundas, ver un programa o película en la televisión para descansar, escribir en un diario, tomar una ducha, salir a caminar, o hablar con tu pareja o un amigo.

Pero aunque leas atentamente estas recomendaciones y decidas seguirlas al pie de la letra, muchas veces te encontrarás “atrapado” en una situación estresante con tus hijos de la cual quizás te costará salir, lo que te llevará a reaccionar de una forma que después seguramente lamentarás. En esos momentos, Jill aconseja que aprendamos a pedir disculpas a nuestros hijos -por ejemplo después de gritarles- porque todavía estamos aprendiendo y los padres, aunque duela aceptarlo, también cometemos errores.

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