Mindfulness y el ciruelo

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La foto no le hace justicia. Eso lo sé… pero quise compartirla, porque es el único recuerdo que tengo de él. La tomé una noche de inicios de primavera. De todos los árboles de la plaza, era el primero en florecer. Un ciruelo florecido. ¿Tendrá la naturaleza una forma más delicada y bella de anunciar el fin del invierno?

Esa tarde, había tenido una fuerte discusión. No recuerdo el motivo, pero sí recuerdo con detalle el descalabro emocional que me produjo. Tanto, que tuve que salir a caminar, a gastar los pies, por un largo rato. A paso ligero, sumido en un torbellino de pensamientos y sin poder aplacar la tormenta de emociones que se agolpaban en el pecho: rabia, frustración, miedo, ansiedad, tristeza…y otra vez rabia. Quizás también te ha pasado más de una vez. Las emociones muchas veces no llegan solas. Pequeños instantes de lucidez mental en esos difíciles momentos permiten observarlas e identificarlas con meridiana claridad… claro, sólo cuando eso es posible.

El caso es que aquella vez no sé cuántas horas habré caminado, sin rumbo fijo. Las cuadras pasaban una tras otra, inadvertidas. Caminaba en piloto automático. Toda mi atención había sido secuestrada por mis pensamientos… y por supuesto, ellos no tenían la más mínima intención de ceder protagonismo.

Caminé y caminé, hasta que se hizo de noche. Recuerdo que lo pude advertir recién cuando caí en cuenta que había llegado a una plaza, a esa hora solitaria. Y fue al llegar a esa plaza que pude “sentir” recién mi cansancio. En todas esas horas, poca atención le había dado a mi cuerpo. Pero en ese momento, habló claro y fuerte: “estoy cansado, necesito que te detengas un momento para recuperar el aliento”. A pesar de que la confusión mental y emocional seguía ahí, instándome a seguir caminando sin parar, decidí hacerle caso. Y me detuve.

Entonces fue que lo vi. A un costado de la plaza, en medio de la noche, un ciruelo florecido. Engalanado con sus flores blancas, presumía en silencio su belleza. Miré por un instante alrededor y advertí que era el único ciruelo florecido. La primavera había elegido sus ramas para anunciar tímidamente su llegada. Inadvertidamente, siempre discreta. Porque la naturaleza suele mostrarnos su grandeza con modestia, sin aspavientos.  En silencio.

Y en medio de ese silencio, el ciruelo supo cautivar mi atención. Fue amor a primera vista. En sólo un instante, la tormenta mental en que estaba sumido cesó, dejando apenas una leve y fría brisa de emociones. ¿A dónde se habían ido la rabia, la tristeza, la confusión? No lo sé. Pero ya no estaban, no las sentía más. No había lugar en mi para otra cosa que aquellas delicadas flores de ciruelo.

Fue ese pequeño instante el que me sanó. No recuerdo cuánto tiempo habré estado contemplando aquel árbol. Supongo que fueron pocos minutos. Pero bastaron para poner fin a ese confuso estado en el que estaba sumido. Como un faro, el ciruelo había guiado mis pasos hacia él para llevarme a puerto seguro en medio de la tempestad. Aprendí entonces que un árbol también puede acogernos, abrazarnos y consolarnos. Para hacer posible ese milagro, sólo precisamos de una atención abierta que haga posible hacernos presentes en el momento de manera plena… nada más, ni nada menos.

Descubrí entonces, en ese momento de silenciosa contemplación, el poder curador de la presencia. La magia del sólo “estar”, sin pensar, ni siquiera sentir. Miré a ese ciruelo, y al saludarlo con una mirada atenta, se hizo presente para mí, y yo me hice presente para él. De eso se trata mindfulness, de aprender a hacernos presente, momento a momento. Y en ese estado de apertura y presencia, abrirnos al milagro de lo cotidiano.

la foto (2)
¡Mira! Descubre la flor en la maleza

Antes de despedirme del ciruelo, tomé mi celular e intenté -iluso yo- atrapar la belleza de sus flores en una imagen. A modo de recuerdo de aquel significativo y a la vez modesto momento que, tenía absoluta certeza, no olvidaría jamás.

Cuando decidí volver a casa y dejar atrás a mi querido ciruelo, estaba en paz. Me sentía en una profunda calma. Mi mente estaba clara como esa fría noche de primavera. ¿Qué había pasado? Me lo pregunté muchas veces, hasta que entendí que esa pregunta estaba de más. No había necesidad de encontrar una respuesta. Las palabras, el lenguaje, no alcanzan a dar cuenta de un momento así. Lo que nos regala un momento pleno, consciente, es para sentirlo, no para “entenderlo”.

Hoy, ese bello ciruelo ya no está. A las pocas semanas, fue cortado por personal municipal porque su tronco estaba “muy inclinado” y sus raíces “demasiado expuestas”, corriendo el riesgo de caer y provocar un accidente. Y como ya sabemos de sobra, solemos ser implacables con lo que nos atemoriza. En su lugar, hoy queda un pequeño espacio de tierra, que lentamente comienza a cubrirse de maleza.

No sé si alguien más lo echará en falta, pero yo nunca olvidaré ese ciruelo. Nunca olvidaré la generosidad que tuvo para conmigo, al compartirme su belleza y devolverme la paz con sus delicadas flores blancas. No alcancé a despedirme de él y Dios sabe que me habría encantado hacerlo…por eso escribí estas líneas, a modo de un agradecido “hasta luego”. Cada vez que camino por esa plaza, lo recuerdo. Siento su ausencia física, pero también su presencia. Porque tuve el privilegio de “mirarlo”, de mirarlo de verdad. Y al hacerlo, el ciruelo de alguna forma se quedó conmigo, para siempre.

 

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