Cultivando presencia en la familia

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La práctica de la atención plena es tanto individual, como colectiva. De cierta manera, parte por una motivación personal, una intención que nos lleva a detenernos por un instante para dirigir nuestra atención al momento presente. Y eso nadie, a excepción de uno mismo, puede hacerlo. Como reza el aforismo zen: “el vaquerito lleva a sus vacas al río para que abreven, pero no puede beber por ellas”.

Pero como no somos individuos aislados, la práctica personal también tiene un positivo impacto en nuestro entorno, sea a nivel familiar o social. Por eso, al momento de promover la enseñanza del mindfulness en niñas y niños, nunca me canso de recalcar la importancia de que los padres también asuman como propia la práctica. Muchas veces, son los propios niños los que “contagian” a mamás y papás con su entusiasmo y energía. Pero si ese esfuerzo no va acompañado de un sincero interés de parte de los padres por regalarse una pausa para respirar y ser conscientes, resulta bien difícil que la práctica de la atención plena se asiente al interior de la familia.

Vivimos tiempos difíciles, qué duda cabe. Tiempos de asombrosa conectividad tecnológica, que trajeron consigo paradójicamente una mayor desconexión en las relaciones humanas. Desconexión tanto con nosotros mismos, como con quienes más queremos. No tenemos tiempo para encontrarnos, muchos menos para salir al encuentro del otro. En eso, todos y cada uno tenemos su cuota de responsabilidad. Hablo de responsabilidad, no culpa. Porque si bien cada uno debe asumir la responsabilidad por el estilo de vida que ha elegido, no es menos cierto que también nos hemos convertido en víctimas involuntarias de un sistema que hemos contribuido a reproducir, a mayor o menor escala.

“Un cambio inquietante está sucediendo en nuestra cultura de hoy: hay cada vez menos conexión íntima en las familias modernas, tanto a nivel de pareja, como en la relación entre padres e hijos, debilitada por distracciones y negocios”, advierten los psicólogos Elisha Goldstein y Stefanie Goldstein en un artículo publicado por la revista Mindful.

Y para corroborar eso no basta ir muy lejos. Miremos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta que cada vez es más difícil dejar fuera de nuestras comidas familiares a ese “invitado de piedra” que nunca deja de interrumpir conversaciones: el teléfono celular. Y por más que intentemos restringir su uso al momento del compartir la mesa, da la impresión de que la batalla está perdida de antemano.

 

La conversación “cara a cara”, mirándonos a los ojos, dio paso a escuetos mensajes de texto por Whatsapp y a lo más, cuando el cariño es mucho, a desabridos “emoticones”. Para qué continuar. Por eso, ahora resulta fácil imaginar “un futuro en el que familias desconectadas serán la norma, con rutinas habituales que nos ciegan a conexiones, opciones y maravillas que hacen de la vida familiar algo tan valioso”, afirman Elisha y Stefanie Goldstein.

Ante este nada alentador escenario, la práctica mindfulness propone una alternativa “subversiva y peligrosa”: detenernos, hacer una pausa para mirarnos a nosotros mismos y, en ese reencuentro personal, volver a mirar a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros padres con compasión. Porque en los ojos del otro, también podemos encontrarnos:

“No son mis ojos

los que pueden mirarme a los ojos,

son siempre los labios de otro

los que me anuncian mi nombre” (Hugo Mujica).

Para sembrar esperanza y ayudar a revertir el proceso de disgregación familiar, los Goldstein han desarrollado algunas directrices para promover el cultivo de lo que ellos llaman una “familia mindful”.

“Hemos realizado esto no sólo para trabajar con familias desconectadas, y ayudar a las demás a no terminar de esa manera, sino también porque queremos descubrir cómo criar a nuestros propios hijos con amor, comprensión, alegría, humor y confianza, y mantener una fuerte relación al interior de nuestra familia”, explican.

Y para comenzar, ambos profesionales y autores de libros como “Uncovering happiness: overcoming depression with mindfulness and self-compassion” y “Mindfulness meditations for the anxious traveler” proponen partir primero por nosotros mismos, lo que aclaran “no significa aprender a cultivar un estado especial del sí mismo”. Sólo significa que tenemos que hacer nuestro trabajo primero, antes de pedirle a los demás que cambien.

 

Tras mirarnos a nosotros mismos y ver cómo nos relacionamos con quienes nos rodean, el siguiente paso es darnos cuenta del tipo de relación que forjamos con nuestra pareja. Debemos aprender a cuidar y nutrir esa relación, con mayor presencia. Aprender a estar presentes para el otro. Como el maestro zen Thich Nhat Hanh ha dicho en innumerables oportunidades, el más bello “mantra” que podemos repetir en nuestra vida es “Darling, I’m here for you” (querido/da, estoy aquí para ti).

“Si logramos que eso suceda, estaremos bien encaminados en dar a nuestros niños lo que ellos necesitan, porque ellos tomarán el ejemplo de nosotros. Como ellos nos vean vivir, será mucho más poderoso que cualquier cosa que les digamos acerca de mindfulness”, indican Elisha y Stefanie Goldstein.

En ese sentido, aprender a mirar al interior de nuestra propia familia es la mejor forma de cultivar e incrementar la presencia de cada uno de sus integrantes; en ese “mirar hacia adentro” comienza a nacer la familia mindful: “con cada uno de nosotros aprendiendo cómo detenernos, escucharnos profundamente a nosotros mismos y confiar en nuestra propia sabiduría”.

¿Y cómo lograrlo? La receta es simple: encontrar “ventanas” en nuestra rutina diaria, por pequeñas que sean, momentos donde poder hacer una pausa, respirar conscientemente y tomar distancia para observar nuestra mente en medio de las reacciones emocionales, para ver con claridad qué necesitamos nosotros y los demás, en cualquier momento.

La atención plena, de esta forma, se transforma en un camino de sanación personal y familiar, donde aprendemos primero que todo a comprendernos y ser compasivos con nosotros mismos, para extender esa comprensión y compasión a quienes más amamos. En palabras de Kristin Neff, reconocida investigadora en el tema de la autocompasión, logramos cultivar en nosotros mismos semillas de autobondad para aprender a mirar con bondad a los demás.

 

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