Sembrar tristezas, para cosechar alegrías

Image courtesy of Sura Nualpradid at FreeDigitalPhotos.net

Dicen que un mago nunca debe revelar sus secretos. Pero como no soy mago, ni tampoco soy amigo de guardar para uno lo que puede ser de beneficio para muchos, quisiera compartir con ustedes una de mis prácticas favoritas a la hora de trabajar como facilitador de mindfulness infantil: la cajita de la felicidad.

Quienes tengan la fortuna de promover esta práctica entre los más pequeñitos, coincidirán seguramente conmigo en que compartir la atención plena con los niños y niñas está lleno de momentos mágicos y emotivos. Uno de los que más disfruto, y que ahora comparto con ustedes, es cuando aprendemos juntos a mirar -y dibujar- nuestras tristezas y alegrías. Para eso, sólo necesitamos un lugar tranquilo para sentarnos relajadamente, con la espalda derecha y los ojos cerrados, y mantener silencio un instante con el fin de traer a la mente y al corazón un momento de sufrimiento y otro de felicidad, con sencillez y naturalidad. Cualquiera. Puede ser reciente o antiguo.

Dejamos que los niños se tomen su tiempo para recordar. Por lo general, no les toma más de un minuto. Y luego los invitamos a compartir esos momentos de la forma que sin duda más les gusta: dibujar. Personalmente, siempre opto por dejar a su lado dos hojas blancas: una para que dibujen su “momento triste” y otra para que registren su “momento feliz”. ¡Ah! Y obviamente un montón de crayones o lápices de cera para que puedan dar rienda suelta a su creatividad.

Mientras dibujan, suelo compartir con  ellos una preciosa metáfora que aprendí del maestro zen Thich Nhat Hanh, que ilustra de una manera simple y clara la estrecha relación que existe entre el sufrimiento y la felicidad. Quizás muchos de ustedes ya la conocen, pero vale la pena recordarla en sus propias palabras:

“Practicamos como la flor de loto y el barro. La flor de loto no piensa: ‘no quiero el barro’. La flor de loto sabe que puede florecer tan bella sólo gracias al barro. Para nosotros, ocurre lo mismo. Tenemos semillas negativas en nuestro interior, el elemento del barro; si sabemos cómo aceptarlo, nos aceptamos a nosotros mismos. La flor de loto no necesita deshacerse del barro. Sin barro, moriría”.

 

Esta comparación encierra una profunda verdad. ¡Y a los niños les resulta tan fácil comprenderla! Suelo acompañar esta explicación con el dibujo de una bella flor de loto, con su tallo largo enraizado en el lodo, y les pido que piensen que sus momentos de tristeza y dolor son como ese pantano que el loto necesita para crecer y luego florecer sobre la superficie del agua. ¿Y qué vendría a simbolizar la flor de loto? Te aseguro que a ningún niño le será difícil responder a esa pregunta.

Mientras dibujan, te aconsejo que como mamá o papá vayas compartiendo tus propias impresiones acerca del dibujo e indagando en las motivaciones de sus trazos, de una manera respetuosa y amorosa. La idea es no interrumpir su concentración ni distraerlos demasiado.

Cuando ambos dibujos ya estén terminados (es importante que respetemos sus tiempos; no hay apuro y es lindo verlos sumergidos en la experiencia de dibujar sus emociones), les pido que los doblen lentamente, mientras les hago entrega de una pequeña cajita de cartón… la cajita de la felicidad. Les pido que guarden su “momento feliz” en esa cajita y la dejen en un lugar visible de su habitación, para que la puedan abrir cada vez que se sientan tristes.

 

¿Y qué hacemos con el dibujo “triste”? me suelen preguntar los niños. Ahí es donde transformamos la metáfora de la flor de loto en una práctica de vida: vamos juntos al jardín (si no lo hay, puede ser en una maceta) y “sembramos” ese dibujo plegado, como si fuera una semilla. Hablamos de sembrar, no de “enterrar”. Porque no se trata de intentar olvidar nuestro dolor, sino de aprender a observarlo y a cuidarlo, para que sirva de abono a nuestra felicidad. De ese momento triste, se nutrirán también nuestras alegrías.

 

La presencia plena, de esta forma, se transforma en el agua y el sol que ayudan a esa “semilla de tristeza” a convertirse en la “flor de la felicidad”. Thich Nhat Hanh nos enseña que mediante la práctica de la atención plena, logramos “contactar con las maravillas de la realidad, que pueden nutrirte y curarte. Así eres más fuerte para manejar el sufrimiento que hay en ti y a tu alrededor”.

“Son muchas las cosas que el sufrimiento puede enseñarnos y ayudarnos a cultivar nuestra comprensión y compasión. No debemos empeñarnos en tratar de escapar del sufrimiento. Todos los agricultores orgánicos saben que necesitan el compost para alimentar las plantas y flores. El sufrimiento, pues, es una condición imprescindible para la felicidad”, afirma.

Con actividades como la “cajita de la felicidad”, los invito a enseñar a nuestros niños y niñas a vivir todas sus emociones con naturalidad y compasión. Y cuando aparezca un sentimiento de tristeza, mostrémosles lo importante de aprender a hacer una pausa en lo que están haciendo, para poder regresar a ellos mismos a través de la respiración consciente.

No hay porqué huir de la tristeza, el dolor, la rabia o la frustración. Esas emociones están ahí para decirnos algo. Sólo hace falta hacer una pausa para escucharlas: “cuando tienes plena consciencia puedes reconocer, abrazar y manejar el dolor, tu tristeza y la de los demás para darte alivio. Y si sigues concentrándote y comprendiendo, serás capaz de transformar el sufrimiento interior y ayudar a transformar el dolor de tu entorno” (Thich Nhat Hanh).

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