Prácticas Mindfulness para alimentar el cuerpo y el alma

Image courtesy of patrisyu at FreeDigitalPhotos.net

Cuando era niño, había un “ritual” que en casa se repetía para cada cumpleaños. En ese extraño ritual, sin embargo, sólo participaba mi hermano menor… porque era el único que lo entendía. Sigiloso, escudriñando con la mirada a los comensales que lo rodeaban,  esperaba pacientemente a que todos termináramos nuestro pedazo de torta, se aseguraba que no quedara ni rastro en nuestros platos, para recién comenzar a disfrutar el suyo lentamente, trocito a trocito. En ese momento, para mi hermano sólo existían él y su sabroso pedazo de torta.  Se demoraba en cada bocado, como si en cada uno se le fuera la vida, como si en cada trozo que se echaba a la boca se despidiera de lo más preciado.

Para mí resultaba de lo más rara esa actitud. Totalmente incomprensible para alguien como yo, que con mi voracidad adolescente de aquella época apenas podía controlar mi ansiedad por engullir lo que se me pusiera por delante.  ¿Por qué mi hermano se tomaba la molestia de esperar a que termináramos de comer nuestra porción, para comenzar recién a disfrutar la suya? ¿Qué sentido tenía ir cortando con precisión de cirujano cada migaja de biscocho, demorándose en cada bocado lo que se me hacía una eternidad?

Esa peculiar actitud recién la vine a entender con el correr del tiempo, cuando aprendí a comer con atención plena en un retiro. Lo que vine a aprender de grande, mi hermano lo sabía de manera innata desde chico. Y no es de extrañarse, si los niños nos dan cancha, tiro y lado en eso de vivir el presente.

Lo que hacía mi hermano cada cumpleaños,  sin él saberlo y mucho menos yo, era practicar el comer consciente. ¿Y en qué consiste el comer consciente? Simplemente, en darte cuenta que estás comiendo, cuando estás comiendo. Es crear la pausa necesaria en la incesante actividad corporal y mental para, en un momento de tranquilidad, conectarte con ese acto sagrado que nutre tu cuerpo y tu alma.

“La comida es el regalo de todo el Universo”, nos recuerda el maestro zen Thich Nhat Hanh, al invitarnos a comer muy despacio y a disfrutar de los alimentos: “come con todo tu ser para saborearla a fondo. Sabes que si comes un helado poco a poco, siendo consciente de él, te sabrá mucho mejor y te sentirás más feliz. Es así de sencillo”.

Para comer con todo tu ser, es necesario ocupar los cinco sentidos; las “cinco ventanas del alma”, como se les denomina en la espiritualidad oriental. Así que la boca no es la única que manda aquí. Comemos también con los ojos, con la nariz, con las manos. Miramos, olemos, tocamos y saboreamos. Sin miedo, sin falsos pudores. Aquí la “etiqueta” no va. Se trata de saborear con todo tu ser…como lo hace un niñ@ cuando está aprendiendo a comer.

“El secreto de la práctica consiste en hacer una sola cosa a la vez. Si comes un helado, come sólo un helado y nada más. Si al comértelo estás excitado, estarás comiendo tu excitación y ni siquiera te fijarás en él. Y si estás enojado, estarás comiendo tu enfado y ni siquiera te gustará su sabor. Al tomarte el helado, come sólo el helado y nada más”, nos aconseja Thich Nhat Hanh en su más que recomendable libro “A la sombra del manzano rosal”.

Y lo mismo corre para cada comida del día. Comer con atención plena es comer sin prisas. Es aprender a detenerse en cada bocado y reconocer en esa experiencia mis sensaciones físicas y emocionales. Ok, ya sé que me dirás: “¿y quién tiene tiempo para comer así de tranquila en la semana?”. Pues aquí va mi respuesta: ¡todos! Para esto corre el mismo consejo que para otras prácticas de Mindfulness. No es necesario que partas comiendo toooooodo tu almuerzo con atención plena (aunque te animo a hacerlo si te atreves, es una linda experiencia). Pero puedes reservar alguna comida del día para practicar el “Mindful eating” (comer consciente) con tus hij@s quizás en los primeros tres bocados. Hacerlo en silencio, tomándonos el tiempo de mirar los alimentos que tenemos sobre la mesa, tocarlos, olerlos… ¡y por supuesto comerlos!

Meditación de la pasa: invita a tus niñ@s a vivir la experiencia de comer una pasa con atención plena. Sí, de esas mismas que muchas veces pasan inadvertidas en una empanada o en un pastel de choclo. Pide a tus hij@s que extiendan su mano y deposita una pasa en sus palmas, pero ¡pídeles que no se la coman de inmediato! Invítalos primero a observar atentamente su forma, su color, su rugosidad.  Luego pídeles que se la acerquen a la nariz y la huelan por unos segundos. Después, tóquenla y adviertan su textura. Por último, y antes de llevársela a la boca, pídeles que hagan una respiración consciente y luego cómanla de a pedacitos pequeños, sintiendo su sabor. Luego comparte con ellos la experiencia con preguntas como ¿Qué sensaciones sintieron? ¿Cómo era el aroma de la pasa? ¿Cómo se sentía al tacto? ¿Qué color tenía? ¿Qué sabor tenía? ¿En qué zona de la lengua sintieron más el sabor?  ¿Qué sensaciones les producía el tragar la pasa?

Una dulce sorpresa: pídele a tus hijos que se sienten cómodamente alrededor tuyo y cierren sus ojos y los mantengan así durante todo el ejercicio (puedes vendarles los ojos para hacerlo más entretenido). Deja un bombón de chocolate  frente a ellos y pídeles que extiendan sus manos hasta tocar la sorpresa que dejaste frente a ellos. Invítalos a explorar el chocolate con sus sentidos, pero bajo la condición de que aún no pueden abrirlo. Que lo toquen, lo huelan. Seguramente adivinarán rápidamente de qué se trata, así que aprovecha su excitación para pedirles que pongan atención a sus sensaciones físicas: ansiedad por abrirlo, salivación repentina al oler que se trata de un chocolate, el corazón les late más fuerte. Luego pídeles que lo abran lentamente, sin prisa, escuchando el ruido que hace el papel al romperse. Una vez abierto, que se lleven el bombón a la nariz y lo huelan: ¿qué aroma tiene? ¿Qué experiencia me recuerda su aroma? ¿Siento un hambre repentina? Por último, que se lo lleven a la boca y lo coman muy despacio, con pequeños mordiscos, para que sientan su sabor en la lengua antes de tragarlo. Compartan la experiencia con preguntas similares a las de la meditación de la pasa.

El viaje de la naranja: para esta práctica sólo necesitas una naranja. La idea no es sólo explorar con tu hij@ las sensaciones en torno a saborear una jugosa naranja, sino además demostrarle que en esa fruta está contenido todo el Universo. Innumerables factores intervinieron para posibilitar que ese jugoso fruto llegara a sus manos, luego de un largo viaje:  la naranja necesitó la tierra para nutrirse como árbol; la lluvia y el sol para hacerla crecer; el tiempo para madurar como fruto; las manos de un agricultor para recolectarla; la colaboración de cientos de personas para recogerla del campo y hacerla llegar al almacén, la feria o el supermercado, donde finalmente la compraste. Puedes compartir con tu pequeñ@ estas reflexiones de manera simple, sosteniendo la naranja en sus manos y mirándola con atención. Luego pélenla lentamente, observando los cambios de color en su interior, contrastando la dureza de su cáscara con lo tierno y suave de su interior. Adviértele sobre el aroma que impregna rápidamente el lugar apenas uno comienza a pelar la naranja.  Luego disfruten cada gajo, poniendo especial atención a las sensaciones físicas que les produce sentir su sabor en la boca y lo refrescante de su jugo. Compartan la experiencia.

Comida “unplugged”: La idea es compartir una comida “unplugged”, es decir, desenchufados de cualquier aparato eléctrico: celulares, tablets, televisión, radio. Vivenciar lo que se siente compartir una experiencia de presencia plena al momento de comer, sin ningún elemento distractor. Si les resulta cómodo, pueden comer en silencio, concentrándose en disfrutar de cada alimento que haya en la mesa, mirándolos y saboreándolos como si fuera la primera vez. De lo contrario, pueden acordar realizar sólo los primeros tres bocados en silencio, para luego compartir la experiencia y seguir comiendo de manera normal, aunque manteniéndose desenchufados de cualquier aparato durante el tiempo que compartan el alimento. ¿Qué alimento es el que ha viajado desde más lejos para poder comerlo ahora? ¿Qué parte de la comida creen que ha tardado más en crecer? ¿Qué diferencia has sentido al comer de esta manera, en relación a cuando lo hacemos con la televisión encendida o mientras realizamos alguna tarea?

La campana de la comida consciente: necesitas una pequeña campana, un cuenco tibetano o  cualquier instrumento similar de percusión. La idea es que elijan algún momento de la semana para realizar juntos una comida consciente y en esa ocasión ocupen la campana para iniciar y terminar la comida. Una vez que están todos a la mesa, elijan a algún responsable de hacer sonar la campana y mientras dure su sonido,  mantener silencio y realizar respiraciones conscientes. Lo mismo al final de la comida. Este pequeño ritual establece una pausa de calma que nos permite experimentar compañerismo y concentración, para disponernos con tranquilidad a disfrutar en familia de la mesa. ¡Bon appetit!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s